El valor de las obligaciones: no es sujeto de derecho quien no cumpla sus obligaciones.

Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

Pensando en lo que se está perdiendo en una Latinoamérica incendiada por una distorsión de la libertad en libertinaje, por la mella del interés general a manos del irresponsable individualismo político, pensando en el momento socio-político por el cual pasamos hoy, viene a mis recuerdos este antiguo adagio moro que leí hace muchos años en la herrería del campo de “Hermanos Bahones” en la provincia de Huelva (Sur de España):

“Por un clavo se pierde una herradura.
Por una herradura se pierde un Caballo.
Por un caballo se pierde un Caballero.
Por un Caballero se pierde una Batalla.
Y por una batalla se pierde un Imperio.”

Y es que lo que está en juego en Colombia, es nada más ni nada menos, que como sociedad podemos perder la cultura de la legalidad y con ella el “Imperio de la Ley”.

Ojo, no podemos pasar por alto que la vida en democracia hace relación al cumplimiento de las obligaciones ciudadanas. Perder el imperio de la ley es la renuncia forzada a vivir dentro de la legalidad, y ello implica que se pierda el sentido de la justicia y todo lo que ella significa dentro del pacto social de la nación que por 200 años de ejercicio democrático ha logrado mantener la mezcla rica entre libertad y orden que demanda el equilibrio propio de la separación de poderes.

Colombia ha sido ajena a dictaduras, totalitarismos y represiones sistemáticas de los derechos humanos a manos de quienes conducen el Estado y la formación de políticas públicas que buscan bienestar y progreso para todos los ciudadanos. Nuestra nación y sus gentes han resistido todo tipo de adversidades, pues sin duda, llevamos décadas soportando los abusos de organizaciones criminales que se ocultan tras una máscara ideológica para delinquir y generar caos y anarquía, que son sin duda la forma más fácil de vivir sin riesgo eludiendo la legalidad y sin tener que cumplir con ningún tipo de obligaciones.

Pensando en la razón por la cual nuestra sociedad camina por un sendero que sólo conduce al caótico despeñadero por el cual ya se han rodado un buen número de naciones hermanas y vecinas, es importante comprender que mientras el derecho se fundamenta en obligaciones, hoy la gente solo piensa en la queja irracional y el reclamo de los derechos que consigna la constitución garantista y libertina del 91, como si a la titularidad de todo derecho no antecediera el requisito necesario de haber primero cumplido los deberes.

La mediocridad es la madre de todo abuso e irresponsabilidad. Por ello olvidamos que solo somos sujeto de derecho aquellos ciudadanos que cumplamos primero con los deberes que nos dictan unas leyes, que a su vez provienen de unos principios éticos y morales, que representan el fundamento de toda sana convivencia social enmarcada en el deber ser, el interés general y la diferencia entre las conductas admisibles y aquellas que la misma sociedad califica en su legislación como indebidas e ilegales.

El negocio de la droga ha hecho que se corroan los valores y que nuestra sociedad esté pasando por al momento más crítico y por la prueba de unidad más grande a lo largo de toda su existencia. Está en cada persona de bien pensar en la unidad y el respaldo a un gobernante bien intencionado y honesto en su proceder o permitir que sean las minorías que manipulan los corruptos y los delincuentes las que nos lleven al fracaso como le ha ocurrido a Venezuela o al retroceso y al empobrecimiento físico y cultural como ocurre en Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Argentina y Uruguay.

Es el momento para que nuestra dirigencia piense en cuáles son sus obligaciones y las cumpla responsablemente. Es necesario que entendamos que tenemos que defender la legalidad y el imperio de la ley. Que no podemos ir a la batalla contra la destrucción con los clavos sueltos y en un caballo descalzo, que hay que exigirle a la justicia que cumpla con su obligación constitucional antes de jugar con la peligrosa claudicación del ejercicio debido del derecho ante la presión de las fuerzas criminales, sea ella ideológica, corrupta o violenta.

La libertad de un pueblo, la de cada individuo, es más importante que el componente oscuro que guarda la fuente en el ejercicio de la libertad de prensa. La libertad de expresión no puede ser la excusa con la cual, tras la anarquía discurra el populismo y tras este, lleguemos al totalitarismo.

Es el momento en el cual los líderes gremiales, los grandes empresarios, los líderes religiosos, los líderes de los partidos políticos sin brazo armado, deben hablar y ponerse de acuerdo en la defensa de la legalidad; es el momento en que los dueños de los medios de comunicación y quienes los operan y los utilizan diariamente, piensen por un momento en sus obligaciones como personas, como ciudadanos, como profesionales y como miembros de familia, para que en lugar de promover un desbocado libertinaje, se ejerza con responsabilidad la debida función editorialista que evite la irresponsable apología del delito, que puede ser la llama que incendie la cultura de la legalidad y termine en Colombia con el imperio de la ley a manos del incumplimiento de las obligaciones ciudadanas.

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