Opinión pública perturbada, política sin salsa de mora, y actos viles. Por: Benedicto Truman.

Una opinión pública perturbada, afectada por la animadversión sentida contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez, sirve de cámara de resonancia a las pretensiones politiqueras de una camarilla de legisladores que ahora ya no adornan su fiesta con la mermelada festiva de la repartición burocrática de la paz, y quienes en vez de enfilar baterías contra los perpetradores del horror se disponen a acusar de las barbaries de los violentos a las cabezas de las instituciones que salvaguardan la vida, la honra y los bienes de los colombianos.

La opinión pública colombiana ha hecho eco ululante de los macabros episodios sucedidos a finales de agosto de este año en zona rural de San José del Caguán y donde han muerto al menos siete menores de edad enlistados en las filas de una facción disidente de las FARC, la estructura residual GAO 7 al mando de alías Gildaro Cucho, veterano y remozado guerrilero de la organización terrorista que bajo las indicaciones de Gentil Duarte pretendía según ha dicho el alto mando militar coordinar las estructuras séptima, 40 y 62 para controlar la producción y circulación de narcóticos en la región, traficar armas y contrabandear desde Venezuela.

Muestra de interpretación nublada por el odio destilado hacia Uribe, es la formación discursiva que se viene adelantando en el país para culpar a la hasta ayer cabeza del Ministerio de Defensa por hechos de los que no tienen sino culpa los terroristas que reclutan menores de edad para engrosar su accionar delictivo anti estamento. ‹‹Falsos positivos›› el falaz concepto revivido por la interpretación amañada de Daniel Samper Ospina, a propósito de la negativa del presidente Duque de responder a los cuestionamientos lanzados sin blanco por un opinador desde Barranquilla.

Nadie puede negar que es un exabrupto de las mayores dimensiones que hayan muerto menores de edad en combate. Tampoco acaso alguien puede hacerse el de vista gorda con los verdaderos responsables de este cruel reclutamiento que no discrimina entre infantes, género, raza o procedencia. No puede nadie tampoco faltar a la verdad poniendo en duda las declaraciones del alto mando militar en las que se asegura el desconocimiento de que en el campamento atacado se encontraban adolescentes –porque ese es otro de los conceptos perturbados que ha echado andar la opinión pública haciendo circular informaciones de que allí estaban niños y no mozos─. Los responsables del reclutamiento y el asecho a la sociedad colombiana son nada más y nada menos que las disidencias de las FARC.

Es plausible colegir que el escándalo por el deceso de los adolescentes, que intenta buscar culpables al interior del gobierno y busca enjuiciar las cabezas políticas de las instituciones gubernamentales está motivado por el hambre de aderezo dulce de algunos políticos ─o politiqueros ─ melancólicos de las épocas en que el gobierno Santos compraba sus votos parlamentarios con puestos y tajadas de presupuesto. Roy Barreras es conocido y permítaseme la licencia poética ─tomando prestado el nombre de la famosa revista Javeriana─ como el animal político que cambia de colores según el alimento que ingiere.

Él mismo podría decir de su actual posición y toma de posición que es congruente con su respaldo al proceso de paz. Lo cierto es que como muestra la historia revisada de la realidad política colombiana, apostaría que si Barreras ─¿trancas a una paz verdadera o a un proceso de paz justo─ estuviera incentivado por alguna mermelada estaría no defendiendo a los ocho adolescentes muertos sino culpando a los guerrilleros responsables de alzarse en armas nuevamente y quienes reclutaron a los menores. Él, hábil animal político, respondería a cuestionamientos arguyendo que se basan en escenarios hipotéticos y que hay que centrarse en los hechos que acaecen.

No quisiera aquí justificar ninguna muerte y menos de ‹‹¿indefensos?›› adolescentes, pero quisiera recordar el escuadrón de Pisa Suaves que conformó por mucho tiempo la guerrilla de la FARC conformado por menores de edad que eran entrenados para combatir y servían como escudo para la protección de los cabecillas insurgentes. Nadie puede evadir como cientos de menores delincuentes se pasean por las calles de las ciudades hurtando y atacando a los ciudadanos, protegidos por su minoría de edad. El ser delincuentes no exceptúa edad, sexo o raza. No quisiera decir acá que es su culpa, tal vez el ausentismo histórico del estado colombiano con poblaciones vulnerables es el causante de que tomen las armas o roben. Pero tratar de culpar a un gobierno de esto, que apenas lleva un año al mando, es un error fatal motivado por el desconocimiento de cómo ha actuado por décadas el estado nacional.

El camaleónico Roy quisiera poner él sus fichas en el Ministerio para justificar sus políticas, como todo buen politiquero con sus interpretaciones amañadas de los hechos. Ahora Roy quiere salir a defender a las Fuerzas Armadas y al presidente, poniéndolos de víctimas del supuesto engaño del ministro. Un discurso que antes que basarse en hechos se basa en pretensiones burocráticas y en el pulso político de quién quisiera hacerse con alguna tajada del ejecutivo.

Lo más grave de todo es la ceguera de la opinión pública, así como la falta de mesura para interpretar los hechos con acierto. No se trata de la ausencia de condena por la muerte de menores de edad, se trata de dar al blanco con los verdaderos culpables que son las disidencias de las FARC y con las intenciones burocráticas de un parlamentario conocido por sus reptilianas pretensiones áulicas, que hoy quiere adular al presidente y a las fuerzas armadas, tratando de sacarse en limpio, como quien no estuviera tachado por las manchas de la mermelada esparcida en su cara.

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