OPINIÓN | La alegría de vivir, aun en la pandemia. Por Saúl Franco

Por Saúl Franco

 

 

 

De lo más sabio que he leído entre lo mucho que se ha escrito a raíz de la crisis global que enfrentamos por el COVID-19, son las reflexiones de José Pepe Mujica en una entrevista que le hizo un periodista de la agencia EFE. Le preguntó al final sobre las cosas buenas que nos dejaba esta crisis sanitaria, y respondió: “Creo que me deja una sensación de humildad…, y que la vida es el único milagro que tenemos por delante. El único milagro para cada uno de nosotros es haber nacido. La aventura de la vida es maravillosa a pesar de todas sus contrariedades”.

No son nuevas estas reflexiones en Pepe Mujica, quien ya tiene un puesto en la historia, posiblemente más como filósofo de la vida que como expresidente de Uruguay o exguerrillero tupamaro. Las ha venido practicando y enseñando a lo largo de sus 84 años, en especial en las últimas dos décadas. Ha insistido en que vivir mejor no es cuestión de tener más sino de ser más feliz. Que la felicidad es darle rumbo y sentido a la vida. Que para ser felices necesitamos la vida de los otros. Que la vida no es sólo recibir sino, antes que nada, dar. Que la vida se nos va y no podemos ir a un supermercado a comprar años de vida, ni tiene sentido vivir pagando cuentas y llenándonos de cosas. La vida, se lo había escuchado varias veces, es una lucha hermosa, un aprendizaje continuo. Nada vale más que ella, y el verdadero quid de la cuestión es si vivimos como pensamos, porque si no terminaremos pensando como vivimos.

Percibir el milagro de la vida justo cuando se hace más inminente el riesgo de perderla, y valorar y disfrutar la aventura de vivirla – la alegría de vivir- a pesar de adversidades como esta emergencia inesperada, son lecciones invaluables de humanidad que estamos asimilando mejor que nunca en estos días y que ojalá perduren.

El aislamiento impuesto nos ha evidenciado lo esencial que es la vida de las demás personas para cada uno, y la vida de cada uno para los demás. El abrazo diario del amigo y el beso de la amiga, la colaboración de los compañeros de trabajo, la voz de aliento de la maestra o la algarabía de los alumnos, la multitud en los estadios y los amigos en la mesa llena. Nos necesitamos para todo. Para estudiar y trabajar, para jugar y producir, para amar y hasta para soñar. Es una interdependencia esencial, permanente, universal.

Ha valido mucho la pena reencontrarnos con nosotros mismos en este confinamiento. Pero ha sido también un gran redescubrimiento sentir en carne propia lo mucho que necesitamos a los demás y a las demás para vivir y cargar de sentido lo que hacemos, pensamos y soñamos. Interdependencia esencial que interpela el individualismo y debe conducirnos a la solidaridad, no como actitud compasiva ocasional, sino como condición estructural humana.

La pandemia nos ha mostrado también que es posible vivir con mucho menos de lo que creemos o de lo que nos habían hecho creer en la sociedad de consumo en que vivíamos. Hay, claro, unas necesidades básicas, sin cuya satisfacción no se puede vivir o la vida es indigna o infeliz, como la alimentación, un espacio suficiente, servicios higiénicos y sanitarios imprescindibles, ingreso decente, mecanismos de comunicación eficientes y unos cuantos afectos entrañables. Pero muchos objetos que antes nos desvelaban y endeudaban, hoy los vemos secundarios y hasta innecesarios.

El consumismo está siendo cuestionado de fondo. E, inclusive, en algunos casos va quedando en ridículo, como ha pasado en los Estados Unidos con miles de personas que compraron cantidades desproporcionadas de papel higiénico al empezar la pandemia y han vuelto, factura en mano, a devolverlos a los supermercados que, obviamente, les han negado la devolución. Podemos vivir con menos, con muchísimo menos, sin empobrecernos ni pasar trabajos. Al contrario, disfrutando más con las cosas simples y lo estrictamente necesario.

Hay que reconocer que este brillo maravilloso de la vida hoy se lo debemos al riesgo desafiante del Covid-19 y de la muerte que puede conllevar para cualquiera de nosotros en cuestión de días. Vida y muerte, como los polos interconectados de nuestra condición humana. Como dos realidades opuestas que se requieren y se dan sentido mutuamente. El mayor riesgo de morir estimula la pasión y la felicidad de vivir, que nos encarece Mujica. La alegría de vivir, como se titula esta nota. Ojalá aprovechemos estos días para disfrutar la alegría elemental de vivir, justo en medio de la pandemia.

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