Félicien Kabuga, protagonista del exterminio de 800.000 tutsis en 1994, fue detenido en Francia.

En un apartamento banal de los suburbios residenciales de París se escondía uno de los peores asesinos de la historia. No fueron suficientes 25 años de búsqueda en todo el mundo para dar con Félicien Kabuga, perseguido por haber financiado y organizado la masacre de miles de miembros de la etnia tutsi en Ruanda. Su captura solo se logró gracias al coronavirus, pues se vio obligado a interrumpir su prolongada fuga y a respetar una cuarentena de dos meses, lo que facilitó el trabajo de las autoridades francesas.

Kabuga, de 87 años, cayó preso el 16 de mayo en Asnières-sur-Seine, pequeña localidad al noroeste de París, acusado de haber financiado las milicias que cometieron las masacres organizadas por el Gobierno hutu en Ruanda entre abril y julio de 1994. Este antiguo empresario también habría asegurado la gestión económica de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, herramienta de propaganda de la exterminación.

Hijo de campesinos pobres del norte de Ruanda, Kabuga ganó sus primeras monedas con la venta de cestas de mimbre, antes de trabajar en plantaciones de té, en el comercio de todo tipo de mercancías al por mayor, en la importación y exportación, y en la inversión inmobiliaria. Gracias a su prosperidad, creó vínculos fuertes con el poder, que se afianzaron cuando dos de sus hijas se casaron con hijos de Juvénal Habyarimana, el presidente hutu, cuyo avión fue derribado el 6 de abril de 1994, atentado sin reivindicación que sirvió de detonante a las masacres de los tutsis. Además, bajo el régimen hutu, uno de los hijos de Kabuga fue ministro, y otro, funcionario en la embajada ruandesa en Suiza.

A comienzos de los años noventa, el empresario se convirtió en una de las figuras más importantes de la Akazu, como se conocía al séquito de Habyarimana y de su esposa, Agathe. Desde esa posición, jugó un rol fundamental en la preparación económica del genocidio. Contribuyó a alimentar los fondos de las milicias gracias a un complejo mecanismo de impuestos sobre productos de contrabando. También utilizó varias empresas públicas para obtener un capital destinado a los paramilitares e incluso para disponer de lugares que sirvieran de base de entrenamiento. En el año que precedió los asesinatos en masa, Kabuga organizó la importación de 581 toneladas de machetes.

Pero no solo bastaban el dinero y las armas. El odio era indispensable. En 1993, el régimen decidió crear la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas con el fin de atizar, en cada hogar hutu, la aversión contra los tutsis. Kabuga reunió un grupo de 50 donantes que le permitieron obtener 500.000 dólares para crear el medio.

Con la caída del régimen hutu, Kabuga huyó a Suiza, donde pidió asilo, pero tras ser expulsado se refugió en Zaire (hoy República Democrática del Congo), en Kenia y en Comoras. Desde hace años, residía, escondido, en Francia con documentos falsos. Su detención podría ser un primer paso para descubrir las piezas que faltan en el rompecabezas de esos 100 días de horror, pero también para identificar los apoyos políticos que Kabuga recibió, pues no se sabe cómo hizo para vivir libre durante 25 años. Como lo explicó André Guichaoua, especialista del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, al diario Le Monde, aún hay zonas grises en este affaire, como “la evacuación de 12 miembros de la familia de Kabuga por la Embajada de Francia en Kigali el 12 de abril de 1994, su estadía en Europa desde julio de 2007 para ser hospitalizado y operado durante más de un mes, sus mudanzas entre Alemania, Bélgica, Luxemburgo”.

¿Quién lo protegió todos estos años? ¿Cómo obtuvo sus documentos falsos? ¿De qué vivió? Por ahora, Kabuga, encarcelado en París, ha rechazado su traslado a Arusha, en Tanzania, donde sería juzgado por el Mecanismo Residual Internacional de los Tribunales Penales. El proceso apenas comienza, y la verdad aún está lejos.

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