Sergio Araujo habla de los encuentros del Presidente Duque con el Ñeñe Hernandez

El comienzo de todo

El ‘Comité Político’ de lo que más tarde sería el Centro Democrático se reunía semanalmente en el elegante apartamento del exministro Fernando Londoño Hoyos, para evitarle salir tras sobrevivir el atentado con bomba de las Farc. Allí se confeccionó la lista cerrada al Senado que encabezaría el expresidente Álvaro Uribe.

Contrario a la creencia, Uribe no escogió a dedo sus integrantes, que más bien fueron escogidos por consenso; pero el orden del repertorio electoral sí era muy importante pues sabíamos que los primeros 15 puestos serían senadores seguros gracias al caudal propio del expresidente.

Conocía o tenía referencia de todos los nombres que se barajaban, excepto uno que jamás había escuchado, así que la única vez que Álvaro Uribe habló, por videollamada, con el comité en pleno reunido donde Londoño, me atreví a objetarle que en el puesto 7 de la lista en borrador se ubicara a una persona que ni siquiera estaba en Colombia y no parecía interesado en apurarse a venir, pues sabíamos que aún no renunciaba a un cargo en el exterior.

Sin ambages planteé que no parecía muy justo guardarle lugar privilegiado a quien ni siquiera estaba, mientras los demás se hacían moler haciendo campaña en las más adversas condiciones políticas y de seguridad.

El expresidente me escuchó impasible, cuando terminé de argumentar, contestó firme y suavemente: “Hombre, doctor Sergio, déjeme al doctor Iván Duque quieto en ese puesto, lo necesito ahí, y Colombia lo necesita más. Usted lo va a conocer…”

María del Rosario Guerra quien coordinaba la lista, y era el enlace permanente entre Uribe y el comité de 17 miembros, me miró compasivamente con cara de “metiste la pata”. Entendí ese día, y para siempre, que Iván Duque Márquez sería un hombre esencial en las batallas políticas del porvenir.

Tras el éxito de la elección del Senado pasamos a la más audaz empresa que fue la campaña presidencial. Del Comité Político salió un grupo que trabajaba, primero desde el salón comunal del edificio donde vivía nuestro candidato, y después desde un hotel a donde se mudó la división de estrategia de Zuluaga.

En esa brega fui descifrando al joven senador Duque, de quien antes solo sabía que era hijo de un amigo de mi padre y de mi tía Consuelo Araújo; amigo de ellos con quien departí en varios Festivales.

Así que, a través de las reminiscencias sobre el vallenatólogo consumado que fue su padre Iván Duque Escobar, de su visión política de Centro –en mucho parecida a la mía– y de su humor fino lleno de anécdotas, desarrollamos una sincera empatía; me identificaba con sus posiciones y aprendí a admirar el calado de su conocimiento versátil y la singular inteligencia del hombre de memoria impresionante a quien Uribe trajo de su cómoda vida washingtoniana para hundirlo en el fango y el fuego de la realidad nacional.

Apenas elegimos Congreso, el Centro Democrático tuvo personería jurídica, los miembros del Comité Político nos volvimos oficialmente la Dirección Nacional del CD, y junto a la bancada legislativa, desplegamos una oposición sostenida y argumental, que confrontó sin cuartel al gobierno Santos durante los siguientes años.

Llegaron las elecciones para cargos regionales, y el expresidente Uribe me pidió asumir la candidatura a la alcaldía de Valledupar. Lo entendí como un deber, renuncié a la alta jerarquía del partido y me dispuse a hacer una campaña de opinión sin capital distinto a la combatividad en las ideas y el activismo con la gente.

Iván Villazón, amigo entrañable de la adolescencia y de los tiempos en el Externado de Colombia, al ver que mi campaña flaqueaba por recursos, muy comprometido con mi alcaldía, organizó un evento para recaudar fondos. En su casa de campo instaló una tenida espectacular con la expectativa de la presencia de Uribe.

El evento empezó a las seis de la tarde y fue un gran éxito; a las siete y media, vi emocionado como se acercaban mi buena amiga Paloma Valencia y el senador Iván Duque, habían venido desde temprano a apoyarme.

Subieron a la tarima con los logotipos de mi campaña, los abracé agradecido y, uno de cada lado, levanté sus manos antes de soltar un discurso adivinatorio que cerré diciendo: “Miren bien a estos jóvenes senadores, aunque hoy no los conozcan, tienen frente a sus ojos a quienes pronto dirigirán los destinos de Colombia. ¡Apréndanse sus caras y sus nombres!”. Ambos hablaron después. Los dos impresionaron.

Ya con el micrófono en la mano, viendo la gente entusiasmada, Duque miró de lado y con voz emocionada me dijo: “Gracias Sergio… Desde los 19 años, en 1995 cuando vine con mi padre por primera vez a Valledupar, había querido volver. Esa vez nos alojamos en la casa del Capi Aristídes Hernández, que era su buen amigo. Guardo un grato recuerdo de ese viaje, quería volver y me tomó 20 años, ¡Pero no vuelve a pasar!”.

El discurso del desconocido senador caló: varias personas se acercaron a saludarlo después de escuchar su intervención didáctica y luminosa. Esa noche proselitista y folclórica con discursos y acordeones de fondo, fue el reencuentro de Iván Duque con los pasos y las anécdotas de su padre, en las brisas del Guatapurí…

Perdí las elecciones. Pero el gesto de mis amigos senadores marcó mi memoria afectiva. De aquella ocasión en adelante siempre estuve cuando Duque visitó Valledupar, y me volví sin proponérmelo una especie de notario de la relación del Presidente con mi terruño familiar.

Duque y los Hernández

Iván Duque es el mejor ejemplo de un idealista seguro y culto capaz de ser pragmático; quizá por ser hijo de un político posee un particular capacidad de resistir, afincada en una formación universal sólida.

La polarización que heredó, rápidamente le hizo blanco sistemático de ataques del sector que desde hace casi 20 años antagoniza ferozmente con el uribismo, y lo rasga, pero no lo derrota.

El presidente es un hombre con fijeza en sus metas que no se distrae en calumnias pues sabe que su vida es transparente.

No obstante, de todos los infundios, ninguno ha llegado más bajo que el embuste mediático fabricado solo para enlodarlo, con retorcidas versiones que no constituyen pruebas, pero si buscan parecer indicios de un esquema de corrupción electoral que jamás ocurrió.

Me refiero a la urdimbre tejida alrededor de una relación ficticiamente cercana con José Guillermo Hernández, a quien desde niño conocimos los vallenatos como el Ñeñe, y quien para servir de elemento contaminante, una vez muerto durante un aparente hurto en Brasil, y parapetados desde dos instituciones, un tinglado de conspiradores criminalizó mediáticamente, en un intento por preconstituir una supuesta prueba contra el presidente de la República, con quien el Ñeñe Hernández jamás tuvo cercanía distinta de la referencia amable de cuatro encuentros ocasionales, siempre con decenas de testigos y ninguno con propósitos electorales ni meta diferente a la evocación nostálgica de sus padres, que sí fueron buenos amigos.

Todas las veces que ambos se saludaron estuve presente, y aparte de frases de cajón, el tema recurrente fue solo la amistad de sus viejos.

Ni el día que Duque llegó a Bosconia por tierra desde el Magdalena como candidato, ni después cuando volvió de pre-candidato, tampoco luego como candidato oficial cuando fue a respaldar la segunda campaña de Senado, ninguna de esas veces, ni jamás en Bogotá, Duque departió a solas con Jose Guillermo Hernández en cualquier parte, ni éste tuvo papel alguno en la campaña presidencial que Luigi Echeverri cuidó tan celosamente. Y aquel 27 de septiembre de 2015 donde Iván Villazón, el Ñene simplemente no estuvo.

Los hijos de Aristides Hernández y la Cacha Aponte siempre fueron conocidos por sus apodos familiares, Ñeñe, Junior, Goyo y Chalía, crecieron en condiciones holgadas en un Valledupar elemental y austero que empezaba a perfilarse como meca del folclor vallenato.

El Capi, su padre, fue un hombre simpático que se preciaba con humor de sus buenas relaciones nacionales, era amigo de todos los “cachacos” ilustres que engalanaban cada año los festivales, y uno de sus invitados recurrentes era Iván Duque Escobar.

Esa amistad se renovaba anualmente, pero se alimentaba siempre. En 1995 Duque llevó a Valledupar a su hijo Iván, para entonces de 19 años, quien departió brevemente con Goyo, el único de su edad.

A José Guillermo, el popular Ñeñe, no lo vio ni por las curvas; era lógico, a los 29 años se había mudado de la casa paterna y en tiempos de festival, distraído en las parrandas de su generación, no se tropezó con los huéspedes de su padre.

Más de dos décadas después Iván Duque es el candidato oficial del Centro Democrático en la carrera presidencial de 2018 y llega de visita al Festival Vallenato. Goyo Hernández, su madre y su hermano Ñeñe, con su señora, la ex señorita Colombia María Mónica Urbina, están invitados al desayuno que ofrece Fenalco en casa de la familia Castro López, Adriana la anfitriona ha dicho a sus invitados que Duque pasará por allí.

El desayuno se va de largo y llegamos pasadas las 12 del día. Entre más de 100 personas, Iván Duque reconoce a la Cacha Aponte, viuda del amigo de su padre, quien lo recibió en su hogar 23 años antes; la abraza afectuosamente, sus hijos se acercan, y ese día, cuando ya es candidato y en la recta final de la campaña, Iván Duque Márquez saluda por primera vez en su vida a José Guillermo Hernández. Ese es el día de las famosas fotos de los hermanos y la reina, con el Presidente.

 

Sergio Araujo.

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