Con la tecnología actual, Una Selfie, podría aclarar  una pintura de Velázquez realizada en 1656, si es real.

En la obra maestra “Las Meninas”, un juego de sombras y espejos que nunca ha dejado de intrigar, un pequeño y hasta ahora bastante desapercibido jarro de barro en el centro del lienzo transforma la obra, una instantánea de la vida palaciega, en un tratado sobre la ilusoria y trascendental naturaleza de la existencia.

Sin este objeto de arcilla se marchita el misterio de la obra, que ha atrapado la atención de los observadores por más de tres siglos y medio, desde que el pincel de Velázquez la alumbró en 1656.

Para apreciar plenamente cómo una pieza popular de cerámica de América Latina se convierte en un lente para captar de nuevo el mundo, debemos recordar el contexto cultural en el que surgió el cuadro y qué se proponía retratar.

La obra muestra un autorretrato del artista a los 57 años, cuatro años antes de su muerte en 1660 y después de haber pasado las últimas tres décadas como pintor de cámara del rey Felipe IV de España.

Paleta en mano en el lado izquierdo de la escena, la “selfie” a tamaño natural de Velázquez nos mira como si fuéramos el mismo objeto que está tratando de capturar en el enorme lienzo que tiene ante él.

Es un cuadro sobre un cuadro en la superficie imaginaria de un lienzo que no podemos ver.

En el centro de la pintura, a la izquierda de Velázquez, vemos a la infanta Margarita, hija del rey Felipe IV y Mariana de Austria, flanqueada por un par de damas de servicio.

El resto de estancia tenuemente iluminada del Palacio Real de Madrid se enciende con un grupo variopinto de cortesanos.

A través de una puerta abierta al fondo de la escena, una silueta brumosa, el chambelán de la reina, se dispone a abandonar la pintura, pero no sin antes detenerse a mirarnos, como ansioso de que pudiéramos seguirlo hacia lo desconocido.

A la izquierda de la puerta, un espejo refleja los rostros espectrales del rey y la reina, cuya ubicación en el mundo de la obra se desconoce. Los monarcas están allí, pero no están allí.

Estos aspectos de la obra —la puerta abierta y los rostros reales en el espejo fantasmagórico— han llevado a muchos observadores a sospechar que en el cuadro hay mucho más en acción de lo que el ojo alcanza a ver.

La presencia “ausente” del rey y la reina, que aparecen en el cuadro pero no en la escena, obliga a concluir que es una obra filosófica sobre la sustancia de la sustancia y la proximidad del aquí y ahora, tanto como una imagen congelada de una escena de la animada vida palaciega.

El acertijo de su reflejo asegura que no seamos espectadores pasivos, sino que busquemos activamente comprender en qué parte del mundo se encuentran.

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