Hay derrotas que obligan a pensar y otras que producen una reacción distinta: buscar culpables, cambiar el relato y preparar el regreso. La izquierda colombiana perdió el Gobierno, pero todavía no parece dispuesta a preguntarse por qué. En lugar de una autocrítica sobre lo ocurrido durante cuatro años, aparece Semilla, una Escuela Internacional de Formación Política que sus promotores presentan como una nueva trinchera de oposición desde la educación. Gustavo Bolívar incluso habló de la educación como una “trinchera” para los próximos cuatro años.
La palabra importa. Una escuela debería ser un lugar para pensar, preguntar y confrontar ideas. Una trinchera tiene un adversario y una causa que defender. Cuando quienes acaban de perder el poder trasladan la confrontación política al aula, la pregunta deja de ser académica:
¿estamos formando ciudadanos o preparando la próxima generación de militantes?
Semilla no oculta su orientación. Su programa incluye teorías socialistas y comunistas, revoluciones del siglo XX, resistencia y desobediencia civil. También anuncia un módulo dedicado al poder mundial y otro a un “análisis crítico y progresista” de la historia colombiana. Nada de eso es ilegítimo. El problema aparece cuando una corriente política convierte su propia lectura del mundo en la plataforma desde la cual una generación aprende a interpretar la democracia, la violencia, el Estado y la historia.
El problema no es que Semilla sea de izquierda. El problema es qué izquierda quiere sembrar.
Ahí comienza el laberinto axiológico. Durante años, una parte de la izquierda latinoamericana ha utilizado palabras nobles para defender posiciones que difícilmente soportan el mismo juicio moral que exige para sus adversarios. Libertad para justificar regímenes sin libertad. Dignidad para defender gobiernos que encarcelan opositores. Democracia para justificar caudillos que destruyen instituciones. Resistencia para romantizar la lucha armada.
Cuando las palabras cambian de significado para proteger una causa política, ya no estamos ante una simple diferencia ideológica. Estamos ante una pérdida de referencias morales.

Colombia tuvo su propia versión del laberinto. Hombres que dijeron luchar por justicia terminaron financiando su guerra con cocaína; quienes hablaban de emancipación secuestraron; quienes proclamaban al pueblo reclutaron niños; quienes prometían transformar la sociedad sometieron territorios mediante las armas.
No hay épica posible cuando una revolución necesita cocaína para financiarse y fusiles para imponerse.
El problema no es estudiar la guerrilla. El problema es convertirla en épica. Colombia no vivió una novela revolucionaria. Vivió muertos, secuestros, desplazados, narcotráfico, reclutamiento de menores y familias destruidas no solo a causa de las FARC, el ELN, LAS AUC, sino también el M19. Eso también debe enseñarse.
Comprender no significa absolver. Explicar no significa justificar. Estudiar la violencia no obliga a admirarla.
Y Semilla tendrá que responder precisamente a esa frontera.
Si va a estudiar el comunismo, tendrá que explicar también su fracaso. Si va a estudiar las revoluciones, tendrá que mostrar sus víctimas. Si va a estudiar la resistencia, tendrá que explicar cuándo se convierte en violencia.
No se puede enseñar una ideología amputándole la historia que la contradice.
Después del fracaso del comunismo soviético no es serio convertirlo en una bandera de libertad sin explicar sus consecuencias. Tampoco se puede hablar de democracia con una mano y justificar dictaduras con la otra.
Y aquí aparece una imagen difícil de ignorar: una izquierda que pretende presentarse como futuro mientras conserva buena parte de las certezas de un siglo que terminó. Cepeda funciona como metáfora de esa continuidad: el dirigente solemne, doctrinario, atrapado en una política donde la disciplina ideológica parece tener más importancia que la duda.
No hablo del vestido. Hablo de una actitud.
Es como si algunas viejas fotografías de la burocracia soviética hubieran aprendido a hablar el lenguaje del progresismo latinoamericano. Cambiaron los afiches y algunas palabras, pero permanece la tentación de creer que existe una verdad histórica y que los demás simplemente deben ser derrotados.
La vieja solemnidad revolucionaria encontró nuevos micrófonos.
El problema se vuelve más grave cuando esa rigidez termina banalizando aquello que debería provocar una condena moral inmediata: narcotráfico, secuestro, violencia armada, autoritarismo y destrucción institucional. Todo puede tener una explicación histórica. Lo que no puede tener es una absolución automática.
La cocaína no se vuelve digna porque financie una revolución. El secuestro no se convierte en justicia porque lo cometa un guerrillero. La dictadura no se transforma en democracia porque su gobernante se llame revolucionario.
Ahí está el laberinto axiológico: cuando la ideología consigue que el juicio moral dependa de quién empuña el fusil y de qué bandera lleva.
Ese es precisamente el problema que dejó el Pacto Histórico. Durante el gobierno Petro, demasiados dirigentes confundieron la defensa de un proyecto con la defensa de su líder. La crítica comenzó a parecer traición y el cuestionamiento se convirtió en deslealtad.
Cuando una organización política deja de cuestionar a su propio líder, pierde algo más importante que una elección: pierde el juicio.
Cepeda puede leerse entonces como una metáfora de esa continuidad política. Petro fue el centro personalista del proyecto; después vino la resistencia política; ahora Semilla puede convertirse en su prolongación cultural.
Primero el poder. Después la resistencia. Ahora la formación.
La batalla por el poder no termina cuando se pierde una elección. Puede trasladarse al lenguaje, a la memoria y a la educación. Quien consigue decidir qué es justo, heroico, legítimo o condenable adquiere una forma de poder capaz de sobrevivir a las urnas.
Por eso Semilla importa.
No por sus profesores ni por sus veinte sesiones. Importa por lo que pretende sembrar.
Y hay un símbolo imposible de ignorar. El 10 de agosto Colombia sufrió un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. Tres días después, mientras continuaban las labores de atención y hasta se registraba una nueva réplica de magnitud 4,2, Semilla realizaba su acto fundacional.
No digo que una escuela política tenga prohibido nacer durante una tragedia. Digo que los momentos también hablan, de su desconexión con el país.
Mientras Colombia buscaba sobrevivientes, una izquierda derrotada comenzaba a organizar su resistencia desde la educación.
Si Semilla forma jóvenes capaces de cuestionar a Petro, Cepeda, Bolívar, Chávez, Castro, Lenin, Marx, Gramsci, la derecha, la izquierda y a sus propios maestros, bienvenida la discusión. Pero si convierte la violencia revolucionaria en épica, relativiza las dictaduras, transforma el comunismo en nostalgia o enseña una historia donde las víctimas desaparecen para preservar el relato político, tendremos que decirlo sin eufemismos:
eso no es pensamiento crítico. Es formación ideológica.
Y ahí aparece el riesgo para la democracia colombiana.
No porque la izquierda deba ser silenciada. Una democracia fuerte necesita una izquierda capaz de criticar al poder, pero también de criticarse a sí misma. Lo preocupante es que Semilla pueda convertirse en el mecanismo para transformar una derrota electoral en una victoria cultural.
Semilla puede enseñar lo que quiera. Tiene derecho a hacerlo.
Pero Colombia también tiene derecho a preguntarle qué quiere sembrar.
Porque la izquierda tiene derecho a volver a intentarlo. Lo que no tiene es derecho a pedirle a Colombia que olvide lo que ocurrió cuando tuvo el poder.
La batalla cultural comienza ahora.
Colombia necesita una generación capaz de llamar a cada cosa por su nombre.
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