Funcionaba como Casa de la Literatura, allí vivió 39 años. Estuvo abierta hasta este mes cuando sus herederos la cerraron por falta de recursos para mantenerla
Los dos hijos del Nobel de Literatura, Rodrigo y Gonzalo, mantenían la casa en el barrio Jardines del Pedregal en Ciudad de México. Allí vivieron casi 40 años el escritor y su esposa Mercedes Barcha. En la vivienda funcionaba la Casa de la Literatura Gabriel García Márquez, museo para visitantes.
El 1 de agosto pasado, Emilia García Elizondo, directora del museo y nieta de Gabo y de su colega mexicano Salvador Elizondo, hizo el anuncio. La entrada costaba 400 pesos mexicanos (el equivalente al precio de dos corrientazos o una boleta para fútbol en la tribuna popular en la Ciudad de México), pero los ingresos no alcanzaban para cubrir los gastos del inmueble.
Allí vivió el escritor con su esposa Mercedes desde 1975 hasta su muerte, en 2014. Fueron 39 años, casi la mitad de su vida. En el estudio, situado al fondo del jardín, estaba la mesa en la que escribió Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera y completó Vivir para contarla, sus memorias.
Además, fue el lugar donde recibió la noticia más importante de su camino literario: en octubre de 1982 le anunciaron que era el nuevo Premio Nobel de Literatura. La casa conserva también objetos personales, libros, fotografías y obras de arte que pertenecieron a la pareja.


La intención de sus herederos era conservarla como la vivieron Gabo y Mercedes y convertirla en un espacio para visitas, talleres, exposiciones, seminarios, conferencias y presentaciones de libros.
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Ventas de los herederos
Los herederos de Gabriel García Márquez han dado distintos destinos a algunas partes de su legado. En 2014, vendieron a la Universidad de Texas (Austin) el archivo personal del escritor por US$2,2 millones. El fondo reúne manuscritos, cartas, fotografías, documentos personales y materiales de trabajo, entre ellos el manuscrito de Cien años de soledad.

Siete años después, en 2021, la familia puso a la venta en México unas 400 prendas y objetos personales del Nobel y su esposa, Mercedes Barcha, en el proyecto conocido como “El armario de Gabo”. Los recursos fueron destinados a una fundación que trabaja con comunidades indígenas.
Por último, en diciembre de 2024, la familia donó 306 libros de la biblioteca personal del escritor al Instituto Cervantes de París, donde quedaron bajo custodia de la Biblioteca Octavio Paz.


El problema es mantenerla viva
El proyecto ya había tenido dificultades como las tienen la casona de Úrsula Iguarán y José Arcadio Buendía en el mítico Macondo de la obra literaria. En 2024, cerró temporalmente por trabajos de refacción y mantenimiento. Reabrió un año después. Ahora, el costo de conservarla terminó superando los ingresos de las visitas.
Como en las casas de Cien años de soledad, donde la debacle se imponía sobre las paredes y los objetos, en la casa del Nobel el paso del tiempo pasó factura: la familia buscó un socio que ayudara a garantizar la continuidad del proyecto y no lo encontró.
No había sido concebida únicamente como museo. Parecía más el taller de alquimia donde los Buendía podían hacer tareas tan diversas como fabricar pescaditos de oro, descifrar pergaminos milenarios o demostrar la existencia de Dios. Desde su apertura como centro literario, hace apenas cinco años, el lugar buscó convertirse en un espacio cultural activo a través de cursos, talleres, conferencias, presentaciones y exposiciones.
Sin embargo, la idea no cuajó como sucedía con los utópicos proyectos de los hombres de la familia Buendía en el Macondo de Gabo. El problema fue que la actividad cultural y el valor de las entradas no alcanzaron para financiar de manera permanente el mantenimiento.
El cierre, como las obras con que García Márquez entró en la historia de la literatura universal, tuvo dramatismo. A los problemas que ocasionaron el final, se sumó una última actividad, tan conmovedora como algunos pasajes literarios del primer premio Nobel colombiano.
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En agosto, la casa volvió a abrir durante cuatro fines de semana con un propósito distinto: recaudar fondos para los damnificados del terremoto que golpeó a Colombia el 10 de agosto. Las jornadas fueron programadas para los sábados 15, 22 y 29 de este mes y el 5 de septiembre. El ingreso se vinculó a la entrega de ayuda para los afectados.
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Por lo pronto, la casa donde Gabo recibió la noticia que cambió su vida permanece cerrada. Ahora, la familia y los promotores culturales buscan alternativas para que el inmueble vuelva a funcionar como museo o espacio literario. Al parecer, deberán tener el mismo tesón que tuvo la matrona Úrsula Iguarán para levantarla de nuevo, en Cien años de soledad, cuando los hombres de la familia Buendía la derribaban con sus caprichos y terquedad.











