La explotación de Chingaza y la gentrificación tienen a La Calera contra las cuerdas por cuenta de la expansión bogotana

La explotación de Chingaza y la gentrificación tienen a La Calera contra las cuerdas por cuenta de la expansión bogotana

Texto escrito por: DANIEL FELIPE ESCOBAR ALAYÓN

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Los recursos naturales han sido, a lo largo de la historia, un catalizador fundamental del desarrollo de países, regiones y ciudades. De hecho, los grandes imperios de la antigüedad compartían una característica común: su capital siempre estuvo ligada al agua —ese elemento que permitía producir alimentos, sostener poblaciones y expandir el poder.

Sin embargo, en el mundo contemporáneo esa relación de dependencia se ha transformado y complejizado. Las grandes ciudades ya no dependen únicamente de sus propios recursos —dependen también de sus periferias: territorios más pequeños, con autonomía gubernamental propia, en proceso de desarrollo, y que históricamente han carecido de los bienes y servicios que las ciudades sí concentran. Los académicos llaman a esto una relación de centro-periferia. Una relación desigual que, lejos de ser espontánea, es el resultado de decisiones políticas y económicas que vale la pena examinar de cerca.

Para el caso de Bogotá y los municipios con los que limita, resulta imposible negar la existencia de un patrón de relación centro-periferia fundamentado en la explotación y la dependencia de los recursos naturales a lo largo de la historia. Para entender esta relación, las dos variables más importantes son el tiempo y el espacio: Bogotá ha alcanzado sus niveles de desarrollo aprovechando sistemáticamente los recursos de los municipios vecinos: esta es la premisa sobre la que se construye todo lo que viene en este escrito.

Para ilustrar esta relación, basta con mirar la historia que une a Bogotá con el municipio de La Calera —quizás el ejemplo más elocuentey menos contado de lo que significa ser la periferia de una capital. A lo largo de la historia es posible identificar al menos cuatro períodos en los que el desarrollo de Bogotá depende directamente de los recursos de La Calera: el período de la dependencia energética, el período de la explotación cementera, el período de la sustracción hídrica y, el más reciente de todos, el período de la colonización espacial y económica. Cuatro fases. Un mismo patrón: Bogotá toma, La Calera cede.

El primer período es el de la dependencia energética, y comienza en el siglo XIX con una imagen que La Calera siempre proyectó: hombres y mujeres campesinos, descalzos, saliendo a medianoche con mulas cargadas de carbón, cruzando montes y potreros durante horas, para llegar a Bogotá a vender dicho producto a precios irrisorios. De ese carbón —producido en hornos artesanales que ardían veinticuatro horas seguidas, con una técnica aprendida de generación en generación— dependían las estufas y los hogares de la capital colombiana.

De esa historia nace nuestro apodo: los patiasados. No como insulto, sino como marca. Los pies negros del hollín del carbón eran la señal de quiénes éramos y de lo que hacíamos. El libro Los patiasados: historias de La Calera, de Andrés Olivos Lombana (2010), recoge los testimonios de quienes vivieron esa época. Ángel Ayala describe cómo tocaba recorrer las calles de Bogotá pregonando “vendo carbón” como errante, con las mulas amarradas en la calle, vigilándolas para que los zorreros no se las robaran. Y José Cortés evoca cómo los animales cargados bajaban hasta la Ochenta y Cinco, donde los arrieros amarraban sus bestias, tomaban su chicha y continuaban hasta el Siete de Agosto.

Incluso, Carlos Martínez lo narra con una sencillez que duele: “En ese tiempo nadie se ponía alpargatas, todo el mundo andaba descalzo; y así caminaban por encima de las cenizas y por entre el rescoldo de las brasas y las patas quedaban asadas.” Esos pies quemados, esos caminos nocturnos, ese carbón barato, allí nace esa primera dependencia que Bogotá tiene con La Calera: se llevaron carbón a carbón nuestros biomas.


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El segundo período es el de la explotación cementera. En 1909, los hermanos Samper Brush fundaron la Compañía de Cemento Samper, y en 1916 adquirieron los terrenos en La Calera —la mina de caliza de Palacio y el complejo industrial que el municipio conocería como La Siberia. Durante casi un siglo, desde allí se extrajo la cal y se produjo el cemento con el que Bogotá se urbanizó y creció. Los edificios, las avenidas y los puentes de la capital tienen, literalmente, los cimientos en La Calera. Para conectar la producción con la ciudad, la empresa construyó un cable aéreo que cruzaba las montañas —la metáfora perfecta en la que contrasta esta relación: ese cable, un hilo tenso entre La Calera y Bogotá, por el que siempre salía hacia la capital más de lo que entraba al municipio.

Ese desarrollo tuvo un precio que pagamos nosotros los y las calerunas. El humo de la fábrica afectó durante décadas el ecosistema del páramo de Chingaza y la calidad del aire del municipio. Las fuentes de agua fueron alteradas. Y los trabajadores, explotados —lo que organizó a los hombres de La Calera en sindicatos que lucharon por sus derechos en las huelgas de la década de 1990. Entre ellos estaba mi abuelo, Daniel Escobar, cuyo nombre llevo con orgullo y cuya figura representa una generación que le dio todo a una empresa que le debía mucho más. En 1999, Cemento Samper cerró. Pensionó a algunos trabajadores y se fue. Lo que quedó fueron las ruinas de La Siberia —testimonio mudo de un siglo de extracción que enriqueció a Bogotá y dejó a La Calera sin desarrollo industrial, con una alta tasa de desempleo y un paisaje destruido, famélico y arruinado.

El tercer período es el de la sustracción hídrica, y es quizás el más doloroso de todos porque sigue ocurriendo hoy, en este momento, mientras usted lee estas líneas.

A finales de la década de 1980 comenzó la construcción del Embalse de San Rafael, inaugurado en 1996 en territorio de La Calera. Desde entonces, el agua que nace en el páramo de Chingaza atraviesa nuestro municipio, es captada en ese embalse y enviada a la Planta de Tratamiento Francisco Wiesner a un caudal promedio de entre 11 y 12,5 metros cúbicos por segundo, ¡Por segundo!. En términos simples: cada día se extraen aproximadamente 900.000 metros cúbicos de agua del territorio paramoso para abastecer a Bogotá. El sistema Chingaza-San Rafael provee entre el 70% y el 80% del agua que consume la capital y sus zonas aledañas —el agua que beben, que usan, que desafortunadamente desperdician casi seis millones de personas.

Si bien el agua del sistema Chingaza-Acueducto de Bogotá atraviesa varios municipios, es por La Calera por donde corre bajo nuestros pies para llegar a los hogares bogotanos. ¿Y qué recibió La Calera a cambio por la expropiación del parque San Rafael? En su momento, un dinero con el que se pavimentaron unas cuantas vías. Nada más. Hoy, ni La Calera ni ningún otro municipio del sistema reciben un solo peso por el agua que Bogotá extrae de su territorio. Ninguna compensación. Ninguna retribución. Ningún reconocimiento. La capital acapara nuestra agua, nos drena, nos seca y así, con el tiempo, el despojo se vuelve costumbre.

Actualmente esto no es sostenible. No es justo. Y no puede seguir así. Por eso, en los próximos años llevaremos al Concejo municipal y si es necesario, al Congreso de la República, una propuesta concreta: el cobro de una tasa o sobretasa sobre el agua extraída del territorio de La Calera y demás territorios involucrados. No es un capricho de nuestro trabajo comunitario —es una deuda histórica. Y recuperarla será un hito para la dignidad de los municipios que hacen parte del páramo de Chingaza.

El cuarto y último período de esta historia es el más silencioso, pero quizás el más devastador de todos: la colonización urbana. Desde la década de 2010, una Bogotá asfixiada descubrió en nuestras montañas el aire, el paisaje y la tierra que ya no tiene, desatando una ola acelerada de gentrificación donde los recién llegados construyeron un municipio pensado exclusivamente para su refugio, dándole la espalda a quienes siempre han estado aquí.

El saldo de esta invasión es un desplazamiento económico brutal que empuja a nuestra gente hacia los márgenes. Las familias campesinas de toda la vida —las mismas que cargaron carbón en mula, que dejaron los pulmones en Cemento Samper y que cedieron su agua— hoy no pueden sostener el costo de su propio territorio porque el arriendo, la tierra y el mercado se han vuelto inalcanzables. Esta es nuestra cuarta forma de extracción: ya no se llevan nuestros recursos naturales, ahora nos arrebatan el espacio.

Ante este panorama, el futuro nos exige cuestionarnos: ¿es la “Región Metropolitana” una verdadera integración o la formalización de una conquista política sobre nuestros recursos? Aceptar a ciegas es entregar las últimas llaves de nuestra casa. Este modelo expansivo ya sembró una fractura social inminente. El choque entre los calerunos tradicionales y quienes llegan de Bogotá es una tensión diaria que configura dos Caleras divididas por muros invisibles; una realidad donde el comercio y los servicios de calidad se encierran en burbujas para foráneos, mientras nosotros recogemos las sobras de un progreso ajeno.

Y detrás de esto asoma una amenaza mayor: ¿qué pasará cuando los recursos se acaben? ¿Hasta dónde llegará Bogotá? La capital avanza asumiendo con soberbia que nuestra tierra y nuestra agua son infinitas. Pero cuando Chingaza no dé abasto y el último predio rural se venda, el colapso evidenciará el fracaso de este modelo de explotación. La Calera debe decidir qué desarrollo quiere. Ya no podemos ser más su despensa ni su suburbio dormitorio. Es momento de dignificar nuestra historia de patiasados y trazar, de una vez por todas, la línea que le diga a Bogotá: hasta aquí llegaron, somos La Calera, Cundinamarca.

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