Perdimos la Presidencia, no podemos perderlo todo

Perdimos la Presidencia, no podemos perderlo todo

Está visto, con la repudiable ruptura de relaciones diplomáticas con Irán, que quienes mandan aquí ahora son simples testaferros

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No imaginamos lo que se nos podría venir encima. Probablemente ni siquiera evaluamos la posibilidad de perder. Estábamos embriagados, convencidos de contar con una mayoría aplastante capaz de refrendar la victoria electoral de las fuerzas del cambio. Una gravísima equivocación, un descuido imperdonable. Sobre la base de que la victoria nos pertenecía no hicimos los esfuerzos sobrehumanos que exigía la disputa electoral. 

No hubo los cálculos debidos por parte de los responsables de la campaña. Se requerían más votos de los que preveíamos. Se desecharon alianzas necesarias, se pensó que cualquiera que fuera la candidata a la vicepresidencia, por ser de las nuestras, nos garantizaría el triunfo. Las advertencias sobre la cantidad de votos que podría realmente aportar fueron despreciadas. Bastaba con su liderazgo pasado para atraer votantes.

Sólo por lo que representábamos, por una especie de inercia del gobierno Petro, se pensó que arrasaríamos. Si bien el entonces presidente contaba con méritos propios y una historia de luchas y victorias, se careció de un examen objetivo sobre las enemistades que acumuló durante su mandato. Numerosos votantes por él que se decepcionaron con su actuación. Gente que se fastidió con su egolatría y su ilusa pretensión de mesías revolucionario.

Se confió en la suma de de fanáticos petristas prestos a adorar cualquier cosa de su presidente, haciendo caso omiso de quienes se hartaron de su estilo y personalidad. De sus vacilaciones e inseguridades con relación al Acuerdo de Paz, a Venezuela, a la propia presidencia de Trump, a quien terminó por considerar un amigo mal influenciado por asesores de extrema. Creerse el sabio universal, el coronel Aureliano Buendía, el futuro mártir, chocó con muchos.

De remate, la izquierda tiene vedado el tema de la seguridad, que se asimila a represión, a violación de derechos humanos, a brutalidad irracional. La inseguridad es, muy a nuestro pesar, una de las mayores preocupaciones de la gente en Colombia, lo dicen todas las encuestas. Sin embargo, adoptar una posición responsable frente a ella estuvo prohibido, se permitió a la derecha tomar la iniciativa. No hubo la menor autocrítica sobre el fracaso de la paz total.

Pero, sobre todo, no se valoró en su justa medida la situación internacional. La vocación abiertamente imperialista de los Estados Unidos, que, además, no puede ser interpretada como la posición personal de Trump, una especie de demente incontrolable. No. El problema real es un poder hegemónico que pierde terreno a escala mundial, en lo económico, en lo militar, en lo político. Que vacila entre iniciar ya la tercera guerra mundial o replegarse tácticamente.

Eso sí, con una decisión tomada. América en su conjunto es para los americanos, entendiendo este término en el sentido estadounidense, su país, de modo exclusivo. Los Estados Unidos entienden que deben atrincherarse en el hemisferio occidental, tomando por este desde Groenlandia hasta la Patagonia. Un territorio en donde no puede existir una influencia distinta a la suya. Sienten que deben exigirlo antes de que otras potencias lleguen a impedírselo.


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Todos los gobiernos en el continente deben corresponderse con ello. Desde Canadá hasta Chile. Su determinación está tomada, expulsar a la izquierda, al progresismo o cualquier forma de dirección estatal que contradiga los intereses estadounidenses. No serán permitidos, serán extirpados de una forma u otra según la resistencia que se atrevan a oponer. La determinación es clara y contundente, sólo gobiernos de extrema derecha arrodillados a Washington. 

Ningún mecanismo será desaprovechado para conseguirlo. La manipulación informática a través de las redes sociales, el control y la propaganda masiva de los grandes medios, el fraude electoral, las sanciones y los bloqueos económicos, la intervención militar, la corrupción, el crimen. Han dejado manifiesto el desprecio por las normas del derecho internacional, no valen para el imperio, únicamente su voluntad soberana. Su única ley será su moral descompuesta.

Ya era un hecho cuando la campaña electoral. La presencia militar en el Caribe y el Pacífico, el golpe en Venezuela, el ahorcamiento inhumano a la revolución cubana. La proyección otorgada a Milei, Bukele, Novoa. Las presiones para que se impusiera la Fujimori en el Perú. El visto bueno del presidente Trump a Abelardo. En la campaña de Cepeda todos actuaron como si eso no estuviera ocurriendo, como si con los solos deseos se asegurara la victoria.

Apostaron a un triunfo que los Estados Unidos no estaban dispuestos a permitir. El poder norteamericano, junto con el de su aliado sionista igualmente interesado en posicionarse en América Latina, habían decidido ya quién iba ser el ganador. Una ficha completamente sumisa a ellos. Está visto, con la repudiable ruptura de relaciones diplomáticas con Irán, que quienes mandan aquí ahora son Netanyahu y Trump.

Ni la Constitución ni las leyes estarán por encima del mandatario. Tampoco la ley o las cortes internacionales. Se lo traen entre manos. O despertamos al instante o seremos devorados.

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