Hay una diferencia abismal entre querer liderar un sector político y querer heredarlo a punta de dinamita. Las recientes revelaciones de Tomás Uribe no solo son una alerta; son la exposición de una traición quirúrgicamente planeada. Lo que denuncia el hijo del expresidente es el montaje de una estructura de mercenarios digitales financiada por Abelardo de la Espriella con un objetivo único y perverso: jubilar a la fuerza a Álvaro Uribe Vélez para quedarse con las cenizas de su capital político.
Resulta cínico, por decir lo menos, ver cómo quienes hace poco tiempo se deshacían en elogios hacia el expresidente Uribe, buscándolo como fórmula vicepresidencial para validar su propia falta de trayectoria pública, hoy pagan “bodegas” y activan influenciadores para demoler su imagen.
La estrategia es clara: Abelardo no busca sumar votos nuevos; busca canibalizar los existentes. Al pagar para atacar a la oposición democrática y al propio Uribe, su campaña —dirigida por Carlos Suárez y Enrique Gómez— está ejecutando un plan de “tierra arrasada”. Pretenden que el electorado de derecha se quede huérfano de líderes para que el único rostro visible sea el de un abogado que confunde el servicio público con el espectáculo y la opulencia.
Cada peso que De la Espriella invierte en atacar al Centro Democrático es un peso que le ahorra a Gustavo Petro. Es incomprensible —o quizás demasiado obvio— que en el momento más crítico para el país, la prioridad de esta facción no sea combatir las reformas del Gobierno, sino destruir a quienes sí están haciendo oposición real.
Debilitar a figuras como Paloma Valencia o al mismo Uribe no es “renovar la derecha”. Es fragmentar la resistencia. La matemática que cita Tomás Uribe es letal para las aspiraciones de libertad de este país: una derecha dividida por egos y nóminas de influenciadores es una derecha derrotada de antemano.
¿A qué juega Abelardo?
De la Espriella debe responderle al país: ¿Su intención es salvar a Colombia o simplemente inflar su marca personal a costa de la estabilidad de la oposición? El uso de “bodegas” pagas para insultar a quienes le abrieron las puertas cuando nadie en política lo tomaba en serio es un acto de ingratitud política sin precedentes.
Si el plan es desplazar al “Uribismo” para imponer una derecha de pasarela y redes sociales, deben saber que están pavimentando la autopista para que el Petrismo se atornille en el poder en 2026. El país no necesita “rockstars” pagando ataques por debajo de la mesa; necesita líderes con la estatura moral para unir, no para dividir por encargo. El caballo de Troya ya no entra por la puerta principal; ahora se infiltra a través de un “me gusta” comprado y un influenciador prepagado. La pregunta para el votante es: ¿Se dejará engañar por el brillo de las pantallas o entenderá que el fuego amigo siempre termina quemando la casa de todos?









