El atentado contra Miguel Uribe revela manipulación judicial y encubrimiento estatal
El reciente atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay ha destapado no solo la violencia que persiste contra los líderes de oposición en Colombia, sino también el manejo opaco, lento y sospechosamente selectivo por parte de la Fiscalía General de la Nación, liderada por Luz Adriana Camargo, figura cercana al presidente Gustavo Petro.
Lejos de ofrecer una investigación transparente y eficiente, lo que se ha observado es un patrón de omisiones, contradicciones y posibles actos de encubrimiento, que no solo afectan este caso, sino que confirman la percepción de una Fiscalía funcional al poder político, utilizada como arma para blindar aliados y perseguir a opositores.
1. Cadena de custodia rota: pruebas clave perdidas o manipuladas
El primer escándalo que marcó este proceso fue la desaparición del celular del presunto atacante, un joven de 15 años que fue aprehendido portando una pistola 9 mm, considerada la pieza central para esclarecer el ataque. A pesar de su incautación, nunca se ha informado si el arma fue sometida a peritaje independiente, ni se ha aclarado quién tuvo acceso a ella o bajo qué condiciones fue resguardada.
El caso se vuelve más turbio con el “extravío” del teléfono móvil del menor, un dispositivo que, según reveló la revista Semana, contenía mensajes y datos que podrían arrojar pistas sobre autores intelectuales, motivaciones y nexos organizados. Que este teléfono haya desaparecido sin una cadena de custodia pública y verificable solo confirma lo que muchos temen: el encubrimiento institucional es una realidad, no una sospecha.
2. Rumores de sedación y un silencio que inquieta
A esto se suman versiones que circulan en redes sociales y círculos periodísticos sobre la posible sedación continua del joven capturado, lo que le impediría declarar con claridad ante las autoridades, dejando huecos decisivos en la reconstrucción de los hechos.
Aunque estas afirmaciones no han sido confirmadas oficialmente, la Fiscalía se ha negado a emitir informes médicos claros, ni ha dado explicaciones sobre el estado físico y psicológico del atacante, abriendo la puerta a sospechas de manipulación o presión para silenciar al menor.
La falta de transparencia no solo afecta la legalidad del proceso, sino que alimenta teorías de complicidad desde el interior del aparato estatal, con el único objetivo de proteger a quienes podrían estar detrás del ataque.
3. Una fiscal subordinada: ¿quién dirige realmente la Fiscalía?
La gestión de Luz Adriana Camargo ha sido duramente cuestionada desde su designación. Columnistas como Luis Felipe Henao han denunciado que la Fiscalía opera con un doble rasero, favoreciendo al oficialismo y acelerando procesos contra figuras de oposición mientras entierra casos sensibles que involucran al círculo cercano del presidente.
Casos como el de Nicolás Petro, el contrato de RTVC por 6.273 millones, o las denuncias contra ministros del gabinete presidencial avanzan a paso lento o con decisiones extrañamente benignas, mientras que los procesos contra senadores, alcaldes o líderes contrarios a Petro se manejan con velocidad y severidad.
Este patrón ha llevado a varios sectores a denunciar que la Fiscalía está capturada por el Ejecutivo, convirtiéndose en una “fiscalía de bolsillo” al servicio de un proyecto político, no de la Constitución.
4. Petro polariza, incendia y luego evade responsabilidades
El presidente Gustavo Petro, en lugar de calmar el clima tras el atentado contra Uribe Turbay, profundizó la división al acusar a la oposición de “incitar a la violencia”, pese a no existir pruebas que sustenten esa afirmación.
Su reacción fue interpretada como una justificación indirecta del ataque, y obligó incluso a que su propio gobierno suspendiera temporalmente la campaña para su consulta popular, al considerar que podía “avivar el fuego” en un país ya profundamente polarizado.
Líderes políticos como Paloma Valencia, Enrique Gómez y Andrés Forero han responsabilizado públicamente a Petro de crear un ambiente hostil hacia la oposición, alimentado desde la Casa de Nariño con discursos confrontativos, manipulación emocional y victimismo crónico.
5. El sistema judicial pierde legitimidad ante la impunidad selectiva
La combinación de desaparición de pruebas clave, rumores sobre la sedación del agresor y una Fiscalía que actúa bajo órdenes no escritas, configura un escenario gravísimo: la justicia se ha convertido en un instrumento de impunidad para los aliados del gobierno y un mecanismo de persecución para sus adversarios.
Diversos sectores sociales, políticos y jurídicos han comenzado a exigir la remoción inmediata de Luz Adriana Camargo, así como la creación de una comisión independiente de alto nivel que asuma el control de esta investigación, con garantías reales de imparcialidad.
Colombia no puede tolerar una justicia parcial, en silencio, ni menos aún servil al poder de turno. Lo que está en juego no es solo la verdad sobre un atentado político, sino la credibilidad misma del Estado de derecho.








