Colombia se cayó a pedazos, y nosotros seguimos peleando entre escombros

Colombia se cayó a pedazos, y nosotros seguimos peleando entre escombros

Mientras el país lloraba a las víctimas del sismo, las piedras y las peleas en redes dejaron otra grieta: la incapacidad de unirnos cuando más importa

La tierra tembló el lunes y, por unas horas, Colombia entera contuvo el aliento. Pereira, Manizales, Cali, Quibdó, el Eje Cafetero completo e ibague ciudad donde estuve con mis hijas horas antes: ciudades hermanas cayéndose al mismo tiempo, cientos de compatriotas bajo los escombros, familias enteras sin saber si un ser querido estaba vivo. Ese fue el momento en que, como país, más nos necesitábamos unos a otros. Y sin embargo, en cuestión de horas, la tragedia no nos unió: nos volvió a dividir.

Empecemos por lo más doloroso de ver. Mientras el alcalde de Cali recorría las zonas afectadas para atender la emergencia, un grupo de personas lo recibió a gritos y a piedra. Le lanzaron objetos, le gritaron que se fuera, que nadie lo quería, y su propio esquema de seguridad tuvo que sacarlo del lugar mientras un golpe en la cabeza lo dejaba herido. Y no fue una sola vez: dos días después, en otro recorrido, volvió a ocurrir. 

No estoy diciendo que la rabia de la gente sea injustificada cuando uno lo ha perdido todo, la desesperación busca a quién culpar, pero apedrear a la única autoridad que en ese momento estaba parada en medio del desastre no salva a una sola persona más. Solo demuestra qué tan rota está ya nuestra capacidad de confiar en quien nos gobierna, incluso en la emergencia.

Y mientras eso pasaba en las calles, en las redes sociales el espectáculo era distinto pero igual de triste. El expresidente Gustavo Petro insistió en vincular la tragedia con una supuesta falla relacionada con Hidroituango, y le llovieron críticas de quienes le pidieron que no aprovechara el dolor de las familias para reabrir un debate político. Del otro lado del espectro, una creadora de contenido cercana al nuevo gobierno publicó un comentario sobre el terremoto que mezclaba una frase del presidente argentino Javier Milei dirigida a “la izquierda”, en un tono que muchos calificaron de indolente, y que ella misma terminó reconociendo como un error. 

Dos orillas políticas distintas, cayendo exactamente en el mismo defecto: usar una tragedia nacional para marcar territorio ideológico.

A eso se sumó otra escena incómoda: un rescatista, agotado, preguntándole de frente a las cámaras a ciertos creadores de contenido que llegaban a las zonas de derrumbe si iban a ayudar o a tomarse la foto. Esa pregunta debería quedarnos resonando a todos, tengamos o no un rol público. Porque no hace falta ser político para caer en el oportunismo: basta con convertir el dolor ajeno en contenido propio.

Yo me pregunto qué estamos haciendo. Un país no se levanta a punta de bandos. No se rescata a nadie con un trino más ingenioso que el del otro. No se reconstruye una ciudad con quién tuvo la reacción más viral. Y sin embargo, ahí estábamos, apenas unas horas después del sismo, buscando de qué lado quedar, a quién culpar, a quién señalar, en lugar de preguntarnos simplemente: ¿en qué puedo ayudar?


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No hay dos bandos en un terremoto. Hay colombianos bajo los escombros y colombianos que pueden ayudar a sacarlos. Esa es la única división que debería importarnos esta semana. Podemos pensar distinto sobre economía, sobre quién debería gobernar, sobre casi todo. 

Podemos ser de izquierda o de derecha, del gobierno o de la oposición, de Cali o de Riohacha. Pero ser diferentes no nos obliga a ser enemigos, y mucho menos en medio de una tragedia que no le preguntó a nadie por quién había votado antes de derrumbarle la casa.

Colombia no necesita que todos pensemos igual. Necesita que, al menos en los momentos que de verdad importan, recordemos que seguimos siendo el mismo país. Que la próxima vez que tiemble porque va a volver a temblar, tarde o temprano, de una forma o de otra lo primero que hagamos no sea buscar culpables, sino buscarnos los unos a los otros.

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