El paisa que pasó de pintar vallas publicitarias a crear una colección de esculturas de Botero en icopor

El paisa que pasó de pintar vallas publicitarias a crear una colección de esculturas de Botero en icopor

José González, habitante de la Comuna 9, creó réplicas de Fernando Botero en icopor para acercar el arte a los jóvenes y rescatar la memoria del maestro en Medellín

Un dicho popular en Colombia advierte que nadie es profeta en su propia tierra. Ese parece ser el caso de Fernando Botero. Mientras que algunas de sus gigantes esculturas viajan por todo el mundo, siendo admiradas y reconocidas hasta por los más inexpertos en las cuestiones del arte, el maestro antioqueño parece que empieza a ser un desconocido para las nuevas generaciones de su tierra natal.

De eso se dio cuenta José Hernán González cuando sus hijos le contaron que en el colegio iban a ver la obra de Fernando Botero. Por eso tomó la decisión de aprovechar su vocación de artista para hacer unos ejemplares de las esculturas del maestro en icopor. Las cuales exhibió en la esquina de su barrio.

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La razón de que los más jóvenes desconozcan la obra de Fernando Botero es debido a que la presencia de redes de microtráfico, hurtos y prostitución se sigue consumiendo a los jóvenes de las comunas medellinenses. Eso impide que los menores visiten con más frecuencia el centro de la ciudad, donde están exhibidas al aire libre 23 piezas monumentales en bronce fundido donadas por el maestro en el año 2000.

Bajo este escenario, José González se propuso hacer de la Comuna 9 un museo al aire libre. Compró los materiales en los que se gastó $7 millones de su bolsillo y se encerró en su apartamento de la Urbanización Los Cerros a tallar los Boteros en poliestireno expandido, mejor conocido como icopor.

Para darle a las figuras la solidez requerida para sobrevivir en el espacio exterior y contrarrestar la debilidad del icopor, las piezas recibieron capas de resinas sintéticas, selladores y masillas de rigidización. La etapa de policromía final se llevó a cabo mediante técnicas mixtas de pintura acrílica y aerografía, imitando la textura visual, las sombras de volumen y las tonalidades oscuras y verdosas características de las pátinas del bronce oxidado.

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El resultado fueron seis reproducciones que capturan la esencia del boterismo: El Torso, La Paloma, El Caballo, La Guitarra, Las Siluetas y un Gato, este último inspirado en una pieza de colección privada. La destreza para moldear esas curvas no fue casualidad para este artista de 56 años. Su técnica maduró tras décadas pintando vallas publicitarias a mano y fabricando figuras gigantes para centros comerciales, donde aprendió los secretos del icopor. Hoy, esa esquina de Buenos Aires se transformó en un imán comunitario donde vecinos y curiosos aprecian el arte de cerca.


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Sin embargo, la obra enfrenta su propia fragilidad: al no ser de bronce, varias figuras ya sufren fisuras provocadas por quienes se suben a tomarse fotos. Lejos de frustrarse, González no piensa venderlas ni detenerse. Aunque le piden más Boteros, su mirada ya apunta a otro reto: replicar a escala los legendarios soldados de terracota de China. Después de todo, si la Comuna 13 brilló con murales, Buenos Aires merece su propio museo barrial al aire libre con grandes hitos de la historia universal.

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