Abelardo de La Espriella no puede arrogarse la facultad de respaldar a nombre de 50 millones de colombianos el genocidio de Israel en Gaza y Líbano
Llevamos apenas once días del nuevo gobierno y son grandes las sorpresas que ha traído su ejercicio. Algunas pudieran parecer simples anécdotas, como esa de marchar al ritmo de la música militar el día de su posesión, cuando evidentemente no tenía que hacerlo. O la difusión de la publicidad de su ron, en la que hace alarde de su propensión diaria a la vida desordenada, muy impropia de un presidente de la república.
Ni siquiera Petro, a quien lo sindicaron de bebedor y otros vicios, se atrevió a tanto. Lo cual me recuerda el consejo de que cuando señalemos a alguien con el dedo índice, no hay que olvidar que hay tres dedos apuntando hacia nosotros mismos. Suele decirse que las escobas nuevas barren bien, pero me temo que esta afirmación resulta demasiado dudosa hoy. No hay duda de que Abelardo es llevado de cabestro por otros.
Presentarse en Buenaventura a lanzar balones a los niños, en medio de las ruinas en que se hallan importantes sectores de la ciudad, con el puerto cerrado por obra del terremoto, resulta más bien burlesco. Y recuerda un gesto similar de su par estadounidense Donald Trump, quien, ante una tragedia natural en Puerto Rico, en 2017, se presentó a lanzar rollos de papel higiénico a la multitud afectada. Abelardo solo imita al patrón.
Rechazar la ayuda de rescatistas de México y España carece de explicación. Se pretextó la falta de certificaciones en materia de idoneidad para cumplir su labor, cosa absurda tratándose de especialistas que han contribuido repetidamente en emergencias humanitarias en todas partes del mundo. El que se haya privilegiado a los Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, únicamente indica el desprecio hacia gobiernos progresistas.
Lo cual, además de las groseras afirmaciones contra la izquierda realizadas durante su campaña presidencial por Abelardo, pone de manifiesto su postración, en materia de política exterior, a las desquiciadas afirmaciones del secretario de Estado Marcos Rubio y el propio presidente Trump, según las cuales hay una serie de comunistas instalados en los gobiernos que resisten subordinarse a las decisiones de Casa Blanca.
Como si hubiera que ser comunista para rechazar los repetidos abusos sexuales contra menores, cometidos por el club de amigos de Jefrey Epstein, a cuya isla acudían personalidades de la política, la farándula y la economía mundiales, entre ellos presidentes norteamericanos en retiro como Bill Clinton y Barack Obama, para no mencionar los múltiples videos que circulan en redes, en los que se ve a Donald Trump celebrando allí gustoso.
O como si hubiera que ser comunista para levantar las banderas de la soberanía y la independencia nacionales, concebidas y promulgadas sucesivamente por Jean Bodin, en 1576, y entre otros por Thomas Hobbes, John Locke y Jean-Jacques Rousseau después. Dicha noción jugó un papel fundamental para la llamada Paz de Westfalia en 1648, siendo recogida por la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789 y la actual carta de las Naciones Unidas.

La noción de soberanía se corresponde con realidades históricas arraigadas en el alma de los pueblos durante siglos. Hoy en día, el presidente de los Estados Unidos puede proclamar, con la mayor tranquilidad, que en cualquier momento tomará para su país el estrecho de Ormuz, con la misma facilidad con que reclama para sí el territorio de Groenlandia o convertir a Venezuela en el estado número 51 de su país. Una abierta locura.
Entonces hoy, por decisión de Trump, ningún país tiene derecho a defender sus intereses como nación, mientras aquí llega a la presidencia un sujeto extraído de una feria, que coincide exactamente con él. Para Abelardo existen son los intereses de los Estados Unidos, a los que hay que plegarse de manera incondicional. Así, no podemos mantener relaciones con Cuba, Nicaragua, China, Rusia o Irán porque los Estados Unidos lo prohíben.
Debemos renunciar a la Corte Penal Internacional porque esta institución judicial internacional expidió una orden de captura contra Benjamín Netanyahu, por cuenta de los incontables crímenes de lesa humanidad cometidos contra el pueblo de Palestina. Sucede que Netanyahu es el consentido de Trump, quien decide romper con la Corte Penal Internacional, a lo que Abelardo asiente con descarada abyección.
Incluso trayendo como “rescatistas” a personal militar de Israel, reconociendo, contra las leyes y resoluciones internacionales, a Jerusalén como su capital y a los altos del Golán como parte de su territorio. Quiere decir que Colombia respalda plenamente el genocidio en Gaza y Líbano, cuestión que el más elemental sentido de humanidad repudia. Los colombianos no somos así, este bufón no nos representa. ¿Qué tal 4 años con semejante aberración?
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