Colombia se encamina a las elecciones de 2026 bajo una neblina de algoritmos y pautas publicitarias que intentan vendernos una realidad alterna.
En el centro de este teatro digital se encuentra Abelardo de la Espriella, un personaje que ha sabido mimetizar su imagen de abogado de élite con la de un “salvador” de mano dura. Sin embargo, al rasgar la superficie de su costosa campaña en redes sociales, lo que queda no es un líder popular, sino un espejismo construido con publicidad paga.
Uno de los pilares del supuesto favoritismo de De la Espriella ha sido el alarde sobre su respaldo ciudadano. El candidato se llenó la boca asegurando que había recaudado más de 5 millones de firmas, una cifra astronómica que buscaba intimidar a sus oponentes y proyectar una base de apoyo masiva.
No obstante, tras la revisión técnica, la realidad puso los pies del jurista sobre la tierra: de ese gran total, solo 1 millón 900 mil firmas fueron consideradas válidas por la Registraduría. Esta brecha de más de 3 millones de apoyos evaporados (entre duplicidades y registros inconsistentes) revela que su maquinaria está más enfocada en el impacto mediático que en la legitimidad real del censo electoral.
Más allá de las métricas de Instagram, el país no puede olvidar quién es el hombre detrás del pañuelo de seda. Su trayectoria profesional está marcada por la defensa de personajes que han desangrado al país y a la región:
-El botín de DMG: Mientras más de 350.000 familias colombianas perdían sus ahorros de toda la vida en la pirámide de David Murcia Guzmán, De la Espriella facturaba. Se documentó que el abogado recibió más de 5.000 millones de pesos provenientes de esa captación ilegal. Ese dinero, lejos de ser devuelto a las víctimas para mitigar su tragedia, terminó engordando su billetera bajo el rótulo de honorarios profesionales.
-La conexión Alex Saab: Su relación con el testaferro de Nicolás Maduro es quizás el punto más oscuro. Saab, acusado de desfalcar el programa alimentario CLAP en Venezuela con comida vencida y contratos fantasma, fue defendido por el hoy candidato. Por esa gestión, De la Espriella se embolsó la astronómica cuota de 12 millones de dólares, dinero manchado por el hambre del pueblo venezolano.
Es fácil lucir como el favorito cuando se tiene el capital para inundar las pantallas con videos de alta producción. Pero el liderazgo no se compra con los dólares de Saab ni con los restos de las víctimas de DMG. Colombia no necesita un presidente que se valga de recursos de origen cuestionable para financiar su ascenso.
El supuesto favoritismo de Abelardo de la Espriella es una burbuja inflada por algoritmos; es deber del electorado pincharla con memoria histórica antes de que sea demasiado tarde.








