Corría la mitad del siglo XVIII y los españoles aún gobernaban lo que hoy se llama Colombia. Allí, en las antiguas selvas de Usme -como se conocía al territorio de Ciudad Bolívar-, se ubicaba una región boscosa y de difícil acceso donde los muiscas cultivaban papa, maíz, arveja, cebada y trigo.
Lo que hoy se conoce como Ciudad Bolívar era, por esos días, grandes extensiones rurales. En dichos terrenos verdes y fértiles, se conformaron grandes haciendas que colindaban unas con otras extendiéndose por los cerros surorientales.
Las tierras pertenecían a Bosa, nombre que le dieron los indígenas habitantes de la zona. Antes de la llegada de los españoles, este vasto territorio de tierras altas y montañosas formaba parte de la confederación Muisca, que estaba ocupada por comunidades indígenas, entre las que se encontraban Suatagos, Cundáis y Usmes.


Dichas comunidades, habitantes de la región montañosa con una riqueza natural inmensa caracterizada por la fauna y la flora endémicas, eran gobernadas por el Cacique Sagüanmachica. Las tribus, por esos días, tuvieron que enfrentar los ataques de otros resguardos que pretendían quedarse con el territorio, anunciando así una larga historia de ires y venires.
La llegada de los españoles y el romanticismo
Durante la conquista española, las selvas de Usme fueron escenario de la historia que protagonizaron el fraile franciscano Virrey Solís Folch de Cardona y su amante María Encarnación Lugarda de Ospina.
Entre amoríos y romanticismo, el religioso fundó la Hacienda El Maná con el fin de estar cerca de su amada. Sin embargo, en 1764 tuvo que regresar a España dejando abandonado el territorio, que se extendía a lo largo de los cerros orientales hasta la quebrada Yomasa, en lo que hoy es la localidad de Usme.



Con el regreso del Virrey Solís a España, el fiscal del Reino de Granada en Santa Fe de Bogotá, Francisco Antonio Moreno y Escandón, se apoderó de la Hacienda El Maná y le cambió el nombre a La Fiscala, cuyas tierras estuvieron en manos de su familia hasta 1910, cuando fueron vendidas al señor Gonzalo Zapata Cuenca.
Hacia 1950, El Maná fue parcelada por los herederos, entre ellos Luis Morales, Eliodoro Criollo, Mario Suárez y Rosendo Galindo. En sus terrenos, Eliodoro Criollo construyó hornos de barro para la fabricación de ladrillos de arcilla, que en su época se llamaron chircales.
Allí, llegaron a instalarse muchas familias campesinas que no tenían donde vivir. A cambio, debían trabajar en la fabricación de ladrillos. Por cada 1.000 piezas entregadas, Criollo les daba cierta cantidad para que fueran construyendo su propia casa. De ese modo, fueron surgiendo los primeros barrios de la zona.
La transición de lo rural a lo urbano
Posteriormente, ese mismo año, con la aparición de las primeras viviendas, surgieron los primeros invasores, campesinos que llegaban desplazados por el conflicto armado en Tolima, Cundinamarca y Boyacá.
Los migrantes llegaron a la capital para comenzar de nuevo y se dirigieron a esa zona de la ciudad para conformar asentamientos subnormales, dando origen a los barrios México, Lucero Bajo, San Francisco, Perdomo, Buenos Aires, San José y Barranquillita, entre otros. Todos fueron construidos en la parte baja de la montaña, donde aparecieron las primeras canteras para la explotación de piedra caliza.


La Hacienda Las Camelias fue una de las fincas más representativas del sur de la ciudad. Sus terrenos fueron utilizados para la agricultura y la ganadería. Por ese motivo, se considera como el ejemplo más notable de la transición entre lo rural y lo urbano en el sur capitalino.
Perteneció a la familia Rojas, que según la historia participó en la Guerra de los Mil Días. Con el paso del tiempo, los propietarios abandonaron los terrenos, que quedaron en manos de cuidadores. De ese modo, empezó la parcelación y la venta a terceros. Allí, entonces, fueron construidos algunos de los 360 barrios que tiene hoy la localidad.
Las Camelias colindaba con otras fincas como el Maná, Casa Blanca y La María, un extenso latifundio extendido desde la orilla del rio Tunjuelo hacia el sur, que abarcaba los terrenos que hoy son ciudad Bolívar, en los límites de Usme y Bosa.
En dichos terrenos, se levantó uno de los barrios más importantes de Ciudad Bolívar: Compartir. La finca fue reconocida por sus ricos yacimientos de grava y greda, lo que impulsó la industria ladrillera en el valle del rio Tunjuelo.
La hacienda perteneció a la familia Reyes Patria Escobar, descendientes del linaje histórico del General y prócer de la Independencia de Colombia Juan José Reyes Patria, quien luchó junto a Simón Bolívar en la Batalla del Pantano de Vargas.
A mitad del siglo pasado, la Familia Reyes Patria comenzó a parcelar y vender dichos terrenos a familias que buscaban donde vivir y a constructores urbanos dando paso a la conformación de los varios barrios más tradicionales de la localidad.


Más haciendas y más historia
La Hacienda Casa Blanca ha sido confundida, a menudo, con una antigua casona del mismo nombre, pero ubicada en Suba, donde estuvo el Libertador Simón Bolívar.
Casa Blanca fue una de las grandes extensiones de tierra que conformaron los antiguos paisajes rurales de la actual Ciudad Bolívar. Tuvo varios dueños a lo largo de la historia. En sus orígenes, perteneció a la Familia Cobas y posteriormente fue vendida al magnate antioqueño José María Pepe Sierra, quien también fue dueño de las haciendas el Chicó y Santa Bárbara, en la localidad de Usaquén.
Casa Blanca limitaba con otras grandes extensiones de territorio de la sabana de Bogotá y los cerros del sur y la finca Olarte, donde actualmente se ubica el barrio Barlovento. A finales de la década de los 80, fue loteada por las cuidadoras, María Cholo y Nohemí Rios, quienes en compañía de urbanistas informales vendieron lotes a muy bajo costo.
Otra de las legendarias haciendas que dieron origen a la localidad, habitada hoy por casi un millón de personas, fue La Candelaria. Allí, se ubica hoy en día el famoso Palo del Ahorcado del sector de Arborizadora.
Dichos predios estaban atravesados por el rio Soacha, fundamental para el riego de los cultivos y abastecimiento de la finca que perteneció a la familia Prieto González. Según la historia, el patriarca Tobías era un gran líder cultural, deportivo y social que vivió por más de 60 años en la zona. Posteriormente, fue vendida a la familia Cobos.
A mediados de los años 70 y principios de los 80, los terrenos fueron invadidos con asentamientos informales. De ese modo, empezó la parcelación de la finca creando el barrio La Candelaria y después lo que actualmente se conoce como Candelaria la Nueva. La antigua casona y los vestigios arqueológicos de la zona dan testimonio del alto valor patrimonial y cultural de los terrenos.
Por último, Meissen fue otra de las haciendas que dio paso, en casi dos siglos, a la conformación de la tercera localidad más grande de la capital del país. Dichos terrenos, al igual que otras grandes extensiones colindantes como Santa Rita y la Carbonera, pertenecieron a una familia de origen alemán de apellido Meissen, que llegó al país en el siglo XIX para dedicarse al comercio y la exportación de productos de la época.
La construcción de vivienda en dichos terrenos inició en 1951 con la venta de los primeros lotes, que dieron origen al barrio que lleva el nombre de su primer propietario. Es considerada, desde hace décadas, la puerta de entrada a Ciudad Bolívar.










