Ruinas de gobernantes despersonalizados

Ruinas de gobernantes despersonalizados

Gobernar con el corazón en el extranjero ha marcado la política colombiana: algunos dirigentes imitan modelos ajenos en busca de prestigio y reconocimiento

Grandes son las degradaciones de un país cuando la despersonalización contagia a sus gobernantes. Cuando actúan como arribistas internacionales con tal de construir imagen, riqueza, poder, prestigio o privilegios. Reemplazan su propia identidad por la de una figura socialmente reconocida en el mundo imperial al convertirla en modelo de enorme valor simbólico, según Pierre Bourdieu.

Gobernantes con conciencia domesticada quienes, deseosos de apropiarse del prestigio del paradigma elegido, imitan sus pensamientos, comportamientos, maneras de hablar, vestir o actuar. Poco les importa destruir su propia identidad, simplemente se subordinan al modelo con tal de ascender simbólicamente.

La lucidez literaria ha develado permanentemente ese arribismo malsano. El liberto Trimalción, en la novela El Satyricon, acumula riquezas para parecerse a la aristocracia romana y actuar como Nerón. Las hijas de papá Goriot, en la novela de Balzac, se obstinan en conquistar aristócratas para ingresar a las altas esferas francesas. Julián Sorel, protagonista de Rojo y Negro, imita en secreto a Napoleón convencido de que un hombre cualquiera puede alcanzar el poder absoluto. Jay Gatsby, campesino pobre en la novela El gran Gatsby convertido en millonario, inventa una identidad fastuosa para recuperar un amor dominado por la vanidad. Emma Bovary intenta vivir como las damas refinadas de las novelas románticas. La literatura de todos los tiempos ha develado ese arribismo propio de las sociedades jerarquizadas.

También abundan esos personajes en la vida real. Napoleón Bonaparte emulaba la grandeza de Alejandro Magno; Benito Mussolini quiso presentarse como un nuevo Julio César, heredero del Imperio romano. El mal es universal en el tiempo y en el espacio.

Pero igualmente la literatura ha demostrado que la despersonalización produce seres humanamente arruinados y arruinan cuanto los rodea. Trimalción jamás dejó de ser vulgar pese a su riqueza. Las hijas de Goriot elevaron el prestigio social por encima del amor paternal y abandonaron a su padre. Emma Bovary confundió la vida con la ficción; persiguió lujo, pasión, refinamiento hasta terminar endeudada, aislada y suicida. Gatsby creyó reconstruir el pasado mediante la fortuna y una identidad inventada. Para la literatura, toda impostura termina en el fracaso humano.

En nuestro país abundan presidentes arribistas que gobiernan desde Colombia con el corazón en el extranjero. Simón Bolívar emprendió la aventura independentista fascinado por Napoleón. Núñez adoptó el pensamiento político francés del siglo XIX y de allí surgió el centralismo de la Constitución de 1886. Gustavo Rojas Pinilla proyectó una imagen inspirada en Juan Domingo Perón, origen lejano de Gustavo Petro. Laureano Gómez admiró a los intelectuales católicos y conservadores españoles de la primera mitad del siglo XX. El caso más reciente sucede con Abelardo de la Espriella, cuya política revela evidente fascinación por Donald Trump. Conviene estar pendiente de su administración. Imposible olvidar que, donde el mandatario norteamericano pone lacayo, siembra ruinas.

Lo afirmaba Pierre Bourdieu: “La personalidad que se adopta no es cualquiera, sino aquella que posee mayor capital simbólico: la del rico, el poderoso, el famoso, el aristócrata o el líder”. Y esa despersonalización, diría yo, de gobernar en Colombia con el corazón en el extranjero, solo nos ha dejado ruinas materiales y humanas.

Jorge Guebely. 

Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva.


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