Así fue como la bonanza marimbera en Santa Marta también fue una bonanza de ataúdes

Así fue como la bonanza marimbera en Santa Marta también fue una bonanza de ataúdes

Un recorrido histórico por Santa Marta y cómo el auge de las funerarias y las vidrierías sirvieron como termómetros de las épocas más oscuras de la ciudad

Texto escrito por: Álvaro Andrés Cotes Córdoba

Santa Marta, “la ciudad dos veces santa”, ha conocido bonanzas extrañas, nacidas no de la fertilidad de la tierra ni del ingenio de sus hombres, sino de la cosecha más amarga: la violencia.

En la primera, la que todavía algunos veteranos llamamos con nostalgia peligrosa la Bonanza Marimbera, entre finales de los sesenta y toda la década de los setenta, el negocio que floreció fue el de la muerte con decoro.

Antes solo existían dos funerarias en la ciudad: la del Libertador y La Moderna. Pero cuando la marihuana empezó a mover fortunas y a cobrarse vidas con la misma rapidez, aparecieron casi de la noche a la mañana las funerarias Del Carmen, La Americana, Los Olivos y Santa Marta.

Las vendettas entre capos, los ajustes de cuentas en esquinas y fincas, los balazos a plena luz del día, convirtieron el mercado de ataúdes en uno de los más rentables de la Costa. Los servicios funerarios crecieron más del cincuenta por ciento en pocos años. Había que enterrar rápido y bien a los que caían. La muerte se volvió rutina y, como toda rutina, generó su propia industria.

Cuando por fin se agotaron los protagonistas de aquellas guerras —muertos, presos o fugados—, el silencio duró poco. Llegó entonces la segunda bonanza, la de los vidrios, traída por la era paramilitar de los ochenta.

Esta vez no eran balas aisladas, sino bombas calculadas. Hoteles, bancos, almacenes, oficinas: todo lo que se negara a pagar la extorsión sistemática saltaba por los aires. Las fachadas estallaban en mil pedazos y, con ellas, los sueños de decenas de comerciantes. Al día siguiente, las vidrierías recién abiertas no daban abasto. Se multiplicaron como hongos después de la lluvia. Cortar, medir, instalar, cobrar. Otro negocio próspero levantado sobre el miedo ajeno.

Así, en menos de dos décadas, Santa Marta vio cómo dos de sus oficios más pacíficos —el de despedir a los muertos y el de reparar los vidrios rotos— se convirtieron en termómetros de la barbarie.


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Porque esa es la cruel ironía de ciertas bonanzas: no traen progreso, solo miden cuánto duele la ciudad. Y mientras unos contaban billetes, otros contaban muertos o cristales. La misma historia, solo cambiaba el material con el que se lucraba: primero madera de ataúd, después vidrio templado.

Al final, lo único que realmente se rompía, una y otra vez, era la pobre y humilde ciudad dos veces santa, a la cual y para acabar de rematar, en su quinto centenario de aniversario, le tocó el peor alcalde que ha tenido en toda su existencia.

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